miércoles, 2 de abril de 2014

"Oh, bien, gracias. ¿Qué tal otros zapatos?"

Siendo cualquier hora de cualquier día, antes de abordar un taxi, medité sobre lo oportuno o no de tomarlo al instante y si convendría despedirme de la abrasadora manga larga y absorber un poco el sol. Decidí asarme dentro de las mangas, pasar por imbécil y en vista de que mi visión no goza de la capacidad de traspasar desde una distancia prudente las ventanas para precisar si hay o no cabezas dentro, tuve que estirar la mano indistintamente en la vía principal hasta que algún vehículo amarillo tocara orilla y figurara el clink de: "sí, voy libre". 
Al fin. Abrí la puerta, me senté adelante y dí los buenos días. Una vos rasposa me respondió amable y arrancó sin preguntar por el lugar al que iba. De hecho yo tampoco lo sabía, sólo estaba segura de tener que recoger al señor Juan para llevarlo a un médico. Lo habíamos acordado un mes atrás. 
Viajamos en silencio durante unos minutos suficientes para que llegara la oscuridad y para que el rostro del taxista se definiera. Lo miré de reojo. Sorpresa. Pensé que estar sentado justo a su lado era un privilegio, aún así no demostré emoción, no quería darle el gusto de sentirse reconocido de buenas a primeras. Quería callarle algún posible aire de grandeza e iniciar una conversación fuera de alardes, que se sintiera tan de carne y hueso como cualquier otro genio y demostrarle que no son necesarias las exaltaciones. Pero pensé: "¿Por qué habría de esperar recibir halagos? ¿no está ya lo suficientemente aterrizado, trabajando como taxista, como para estar pensando en su ego?". Iba a iniciar la conversación pero se antepuso su voz:
-¿Le parece que voy bien? - Lo miré confundida, y adivinando mi expresión agregó:  - Oh, digo, mi ropa, mi apariencia. 
Cómo no lo había detallado antes, realmente se veía bien. Vestía un pantalón caqui, zapatos negros y una camisa azul. Su cabello hacia atrás, bien fijado. Aunque su cara era la de siempre, no se le veía despierto ni enérgico. Era justo él, sus arrugas, sus ojos entrecerrados como escapando del humo de un cigarro que no existía, su expresión lenta y alcoholizada.
-Sí, claro, claro que sí.
-Tengo una entrevista, de trabajo.
-Excelente, esa camisa azul combina perfecto.
Me miró y sonrió, siguió manejando. Le pregunté desde cuándo trabajaba como taxista y me respondió que estaba equivocada, que no era taxista, que ese era su carro, pero al verme como una loca estirando la mano, quiso parar. "¿Qué? ¿enserio? fíjese, estoy ciega". Me eché a reír. "Hace un par de meses lo estaba leyendo y ahora estoy en su carro haciéndole perder tiempo". Sin apartar la vista de la vía, nuevamente sonrió, esta vez sintiendo satisfacción y ternura. Entonces pensé: "Sí, todo genio desea sentirse reconocido, no es cuestión de ego, es cuestión de sentir que su vida ha valido la pena, ha valido lo hecho". 
-Bukowsky usted escribe genial. 
-Oh, bien, gracias. ¿Qué tal otros zapatos? 
-No, déjese esos.
-Muy bien. 
-Yo me bajo aquí señor, que le vaya de maravilla en la entrevista.
-Espero que no.
Lo abrazo, abrazo a Charles Bukowski, a ese señor que uno despreciaría si fuese vecino y admiraría de todas formas precisamente por la conjugación de su estilo de vida con su escritura. Lo abrazo, me voy amándolo y me despierto maravillada, MARAVILLADA.


viernes, 21 de marzo de 2014

Huída

Me resiento ante la falta de respeto hacia mi independencia subjetiva, porque sí, soy un sujeto, individual y es para mí el más sagrado recurso el poder hacer uso de la capacidad que todo ser humano tiene para defender a capa y espada su experiencia con la libertad y su arraigada o no concepción de ella. Así que, tomo aquello como arma y si es necesario hiero profundamente, pero siempre, siempre, actúo para ejercer cierto tipo de coerción mental en quienes se atreven a ponerme en posición de defensa.
Vuelta en plenitud la sensación que prefiero para vivir, sin más pérdidas, me voy, huyo. No es una huída de quien es perseguido, es la huída de quien está aterrorizado. Es el marchar urgente de quien está asombrado por la insolencia de otra subjetividad, al cruzar la línea límite de lo admisible. 
La huída es toda mi indignación causada por quien pone en entredicho el verdadero curso de los acontecimientos. Es la solución a una pérdida de norte frente a quien se anticipa a lo que debe ser otorgado. Es la irritación provocada por quien exige, así tenga un mínimo de concesión para hacerlo, explicaciones y demostraciones. Es el agotamiento que deja el verme apresada por reproches estúpidos y demandas que requieren como respuesta toda la voluntad y corazón que me niego a dar a quien no me ocupa las emociones.
Me espanto, de hecho con facilidad. Me repelen los reclamos, me repugna la inseguridad. Proteger mi tranquilidad y libertad son las tareas más importantes y me las impongo sin falta todos los días, sin ceder, sin errores. Por eso disfruto la soledad que viene después de tanto barullo sin sentido, no pesa, al contrario, me eleva y me aliviana. 

Por eso muchas veces soy un fantasma 
que vaga y divaga, 
invisible por determinación
cómodamente habituada a serlo.

sábado, 15 de marzo de 2014

Corre el telón

La felicidad son pequeñas lágrimas afluidas por unos ojos felices 
que miran justo en frente la magia hecha conjunto de personas
y corren por mejillas arqueadas en forma de sonrisa feliz 
por la plena emoción de sentirse libres.

La felicidad es un gato veteado que entra por la ventana 
y se estira 
y se roza en piernas felices que caminan por la casa 
para después ser felices en un par de medias rasgadas.

Sé que ser feliz es esperar a agarrar la oreja del vaso que me sirves, 
en el sexto balcón de tres plantas podadas 
y que el aire sea tan puro y el clima tan perfecto 
que bien podrían ser alterados de alguna forma feliz, 
como por ejemplo un abrazo de brazos contentos 
y dos cuerpos alegres que se presagian.

viernes, 14 de marzo de 2014

Vuelve la burra al trigo

Lo simpático de cuestionarnos por entidades metafísicas es precisamente la licencia que como humanos, tenemos para hablar de ellas desde cualquier punto del plano. Mi fe, personalmente, es una fe ambigua. Una opinión general frente a discusiones que engranan díadas, es que las posiciones intermedias no son aceptables; o se está aquí o allá, se está bien o mal, no medio sí y no. Esto funciona bien para lo orgánico, lo biológico: se está muerto o se está vivo, pero nunca podrá estarse medio muerto (que conlleva a estar medio vivo) o medio vivo (que conlleva a estar medio muerto). La fe, en su dimensión de Creer en lo que no se ve, me funciona de otra forma. Se puede creer y no creer al mismo tiempo, que es algo que desemboca en duda y he ahí la ambigüedad en sí, la vacilación entre no creer del todo y no negar del todo, y es una postura igual de válida que los firmes extremos.

Dios, en cuanto figura de hombre inmaterial consciente de su creación,  restricciones y normas morales impuestas a la humanidad, es un ser, por llamarle de alguna forma, que gran frustración me genera. Por ejemplo no creo que a Dios (si realmente Es), le ofenda nuestra confusión o nuestra total negación a su existencia. O mejor, no es que crea que no le ofende, más bien me niego a pensar que pueda reclamarnos (agarrándome de la convicción de religiones respecto al juicio final) fidelidad ante un posible ajuste de cuentas. Me niego a la idea de que tenga el poder de siquiera pretender un leve castigo referente a lo desviado de nuestros actos. Es más tentadora e inclusive más conciliadora aquella otra figura misma de creador, pero la que hecha su obra se desentendió por completo de ella y nada le importa la suerte de los hombres. 

En medio de este tipo de consideraciones, tan calcinadas ya, es cuando me niego a creer que exista alguien que pueda exigirnos una certidumbre inamovible, siendo para nosotros materia de inaccesible conocimiento, de nula certeza. No puedo creer en nada que pueda reprocharnos el natural desconcierto ante lo etéreo. En nada que pueda reprocharnos un peso espiritual que no escogimos cargar, el peso que bajo toda reflexión es un hercúleo misterio.

lunes, 24 de febrero de 2014

Tu sombra


Al aminorarse la horda abatida obtengo plusmarca de la más deshonesta libertad, sumo roces vacuos que se esfuerzan por ser nobles, con-tacto tras otro y mis manos sólo pueden ser farsa. 
Pasatiempo de besos deportivos, triunfos desprovistos de honor y corazón donde el alma entera se hace judas en su patria. 
Soy instantes que perecen en el afán de esquivar promesas y esperanzas vacías dadas a bocas y cuerpos consumidos. 
En cada movimiento llega tu imagen a reclamar lo que te pertenece, te llevas mi psique, me recuerdas que a quien quiero es a vos y mi materia corpórea es sólo mecanicismo líbido sin ternura para aquellas pieles...

Detrás de lo que hago siempre está tu sombra.


domingo, 2 de febrero de 2014

Necesidad de olvidar

Hoy vuelvo. Lo hago no para ver los clavos de urgente compasión, no para ver las astillas enterradas en la carne tierra, ni ese tercio de un todo ahora espectral, un nada nostalgia, el tercio, un quebranto amputado. 
Vuelvo pisoteando la maldita hierba en promiscua miseria con trozos de un mísero progreso. Vuelvo para maldecir la puta desgracia de vivirnos arrojados a una vida disociada. Fuimos demolidos, divididos. Estamos rotos. Somos, somos ocho rodillas sin rótula. 
Y esto, esto es lo restante, lo restante está enfermo. Posee problemas respiratorios y una monstruosa pena de lo vivido en corriente felicidad, enluta el bienestar mental ulterior. 
Cómo duele lo destruido, lo irrecuperable, la falta de lo habitado. 
Cómo duele no haber sabido mantener lo tenido, lo que siempre se tuvo. Cómo duele saber que aún se tiene en esencia lo tenido y no conocer la fórmula de igualarlo a lo vivido.

Es suficiente, me voy con los clavos y las astillas enterradas en la carne músculo, con el tercio de un nada que fue todo perentorios de un espacio en la memoria.

Duelen.
Necesito olvidar.


miércoles, 29 de enero de 2014

Atrincherar banalidades

Dijo Virginia Woolf alguna vez:
 "Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción"

Voy a dejarle el dinero a Virginia y voy a quedarme con su habitación. La ficción tomémosla para designar ejercicios de escritura en general dentro de la literatura.
Se precisa de un espacio del que puedas disponer con libertad, que sea sólo tuyo y lo conviertas en un templo de adoración y contemplación personal. En el que puedas girar la cabeza y no te encuentres  retrato alguno que cuelgue sosegado. No es recomendable, si es tu mamá, sentirás que constantemente te pregunta qué tanto haces; si es un kafka sus ojos y sus orejas no te dejarán respirar en paz, resonaría su presencia casi como los pálpitos del corazón delator debajo del piso; si es un Bukowski terminarías despreciando haberle dado bienvenida a un rostro que desprende olor a hotel barato y colillas de cigarro, lo verás como un cadáver descompuesto y con resaca; si sólo es la imagen de un niño o anciano desconocido, con seguridad los sentirás ajenos a tu espacio. Los retratos abstractos son más soportables, pero digo, te cansarás y dirás "artista subnormal"; ni Virginia se acomodaría a las paredes, luciría sus facciones tísicas y taciturnas, el aire estaría atribulado. Decora tu pequeño cosmos como bien te parezca, pero por tu bienestar no incluyas retratos humanos.
Tener una habitación es importante porque se convertirá en contenedora de muchos otros espacios. Vos sos un espacio propiamente dicho, un espacio en ti misma, una dimensión. Contienes ideas y carruseles de emociones.
Tu habitación será un taller de letras, un muelle de donde parten éstas para viajar a donde plazcan, una despensa atiborrada de figuras literarias.
Se precisará igualmente de un lugar más o menos del tamaño de un puño, en ese espacio que sos vos misma, para atrincherar banalidades. Asegúralo muy bien y revísalo cada cierto tiempo para desechar lo que no pienses utilizar. Así, irán resistiendo a tu juicio las que se trabajarán en el taller, saldrán por el muelle y llevarán un valioso significado.
No hay que desvirtuar en ningún momento lo banal, sólo se necesita de unas horas en tu habitación sin retratos para transformarlo en líneas que parloteen sin descanso.


jueves, 9 de enero de 2014

Muchacho frágil

Andrés es un chico frágil. Si me preguntan qué tan sensible es a la hora de besar a su madre o afrontar una ruptura amorosa, sabría responder mejor sobre las fuentes de inspiración de la Sor Juana poeta. Lo que sí sé es que Andrés es un chico frágil. 
Andrés es de esos chicos frágiles; tan fragilísimo, que ve venir -hacia él- a su mejor amigo, que le dice: "Eh! loco! te ves tocado!" y a Andrés mientras ésto le parece una gran mentira, se encorva protegiendo su vientre con las manos y bloquea el paso a su amigo que está a punto de clavarle el puño. Pero nada pasa, Mateo sabe el agua que lo moja, conoce muy bien la fragilidad de Andrés, así que nada pasa y lo que pasa es el típico gesto de saludo por parte de Mateo y los reflejos de Andrés que por cierto ha tenido que agudizar para las situaciones en las que no hay un Mateo, un Sebastián e incluso un Santiaguito. Mateo va hacia Andrés esquivando el agua nauseabunda que sale de los lavabos de una carnicería, rumbo a un pequeño parque artificial donde el día anterior acordaron quedar, y a unos centímetros de él, le dice: "Eh! loco! te ves tocado!", y pareciéndole a Andrés una gran mentira, se encorva y más que mentira, estupidez, pues él nunca está tocado, ni sonado, ni trinado, ni metido, nada de chaladeces. Sólo tiene ojeras. No bebe, no fuma, no se droga, no puede, y si me preguntan si es que tal vez no quiere, sería más convincente si les cuento sobre las características físicas del indio Atahualpa. Si se habla de tocados, tocado Mateo, él sí puede, y también quiere, él quiere siempre. 
"No seas huevón" le dice Andrés, y se sienta en una de las bancas de concreto del parque y comienza a contarle a su amigo la causa de su apariencia. 
Andrés es frágil como nada, él es lo más frágil. Sus huesos son quebradizos y su sangre es un río de agua ligera que no se conforma con recorrer los vasos sanguíneos, si no que quiere en todo momento salir a conocer como adolescente hormoneada el mundo exterior. Con un suave golpe, con un insignificante impacto de alguna parte de su cuerpo contra algún objeto, la maldita sangre se otorga el derecho de producirle a Andrés considerables dolores, peligrosas hemorragias y morados que no desaparecen en dos días. Andrés camina con cuidado, come con cuidado, piensa y ama con cuidado. Él dice que una que otra marca que le ha dejado el amor ha sido orgullosamente más soportable que otras hechas de distinta forma. Son marcas de pequeñas y hermosas bestias con largo cabello y tez blanca como la de él.
Mateo ríe en su estado natural, marihuano, y le dice a Andrés que cuando la vida se viste con cortas prendas de fatalidad es bastante divertida. Pasó que Andrés justo el día anterior cuando salió de la casa de su amigo, camino a la suya, a eso de las 7:42 de la noche; decidió pasar a saludar a Daniela, la pequeña bestia de turno que un par de horas más tarde entraría vampirizada y caníbal a la fragilidad de Andrés. Poco después de la media noche, Andrés partió con su marca y puesta una chaqueta roja de Daniela dos tallas más grande, que a él le quedaba a medida. Llovió fuertísimo, Andrés llegó a su casa empapado. Cuando entró, su papá veía el tv en la sala y al ver a andrés gritó: "Mijo, qué me le pasó!!?" con más tono de horror que de pregunta. Andrés no entendía. Estar mojado por la lluvia no es para tanto, pensó. Pero sí lo era,  Andrés estaba cubierto de sangre, unos pasos antes de llegar a la entrada se había quitado la chaqueta pesada por el agua y era su camisa blanca la que estaba escandalosamente manchada. El amor no pudo ser más salvaje, la pequeña bestia había mordido su pecho y rasgado su espalda, pero, ¿bastó para producir semejante caudal de sangre? se preguntó Andrés. Sin limpiarlo, su papá hizo que se tumbara en la cama y le inyectó varios sueros, así que el pobre marcado por las bestia pasó la madrugada viendo gotear el líquido y sitiéndolo entrar por su vena.
"...Qué perdedera de tiempo huevón, de preocupación, caí en cuenta que la maldita chaqueta roja decolorada por la lluvia, fue la que me dejó la piel y la camisa manchadas."
Mateo ríe marihuano, la vida sí que le parece divertida, de cualquier situación se exprime la fatalidad. Andrés se truena los dedos a su modo, bajo su condición y se suma a la canción que ha empezado a cantar Mateo: 
"...La moral prohíbe, que nadie proteste, 
ellos dicen mierda, nosotros amén
¡amén, amén, amén! ¡amenudo llueve"
y así estuvo Andrés el resto de la noche... y estará el resto de su vida;  frágil, quebradizo, con ojeras, debilitado por el amor de alguna bestia, a veces roto, a veces dolido, del cuerpo, del corazón o de los dos y cruzando palabras con el  marihuano de su amigo.


viernes, 3 de enero de 2014

Karma común a todas las vidas

Aquí, de pie, con un leve calvario en la cadera y una planta rodante en el estómago, pienso que estas disposiciones humanas son una especie de eterno karma. Algo estamos pagando y no cosa insignificante. Esperar es la más grande falta de respeto al Tiempo, debería haber más cortesía de nuestra parte.
Detrás de mí no había nadie, fue así por un minuto aproximado, pero ahora siento una voluminosa masa respirando agitada. Doy vuelta. Es una señora gorda de camisa azul con sombra notable de bigote, cola de caballo y característica amabilidad de las mujeres de su dimensión. "¡Nunca se había visto esto así!", me dice con una expresión de sorpresa, angustia, pero sonriente. "Abrumador", digo, y le muestro mi mejor rostro de resignación y desconsuelo.
Observo la ristra de miserables que se acercan para sumarse y a otros un tanto más afortunados que están cada vez más cerca de la meta. Pienso si estaré en el lugar correcto, si al llegar me informarán que lo que busco no les compete.
Las filas de ahora son un invento vil, inhumano. Me aborda la imagen de un grupo de indios caminando en la selva y pisando cada uno el mismo par de huellas para confundir a los invasores. Ellos necesitaban de las filas, para ellos eran de vida o muerte, eran útiles. Ahora todo lo contrario; innecesarias, crueles, infructuosas. Las filas son el karma común a todas las vidas.
En una fila el moverse se agota a no saber hacia donde mirar, a ponerte de cuclillas cada cierto tiempo, a darle un vistazo a tus uñas, a meterte las manos en los bolsillos y a avanzar con pasos sofocados. Mientras avanzamos he chocado de extraña forma tres veces con un hombre que hay delante de mí, de unos 35 años. En las filas los pies pierden armonía, se vuelven torpes y sosos; también las manos. Le rocé la mano sin querer una vez, y otra, le toqué levemente el trasero al tener la esperanza de que los pasos que estábamos dando fueran a ganar más terreno.
Me duelen los tobillos, en este momento me gustaría ser una anciana bien achacosa o en su defecto, una mujer embarazada, de esas abusivas que se jactan de su panza con estrías para pasar a cualquier sitio sin ninguna restricción. Hay pocos matusalenes, pero los envidio. Me pregunto desde qué edad una persona se empieza a considerar de la tercera edad y consecuentemente desde qué edad hay un cambio para las futuras filas de su vida. Porque bien podría yo considerarme un vejestorio, alegarlo y decir que tengo derecho a esperar en la fila de ellos. Viéndolos tan cómodamente parados me parecen, al igual que las mujeres embarazadas, totalmente abusivos y ventajosos. Qué se creen para ser ancianos, qué se creen para abusar de sus canas, de sus arrugas, cajas, cojeras y bastones!? ¿Será que uno se levanta una mañana, ya viejo, y esa es la señal y justificación irrefutable para tener que ponerse en la fila de los vetustos?
Estoy en ese punto de las filas donde la forma no es una línea fuera del límite acondicionado para hacerlas, afortunadamente, creo, me encuentro ya donde su forma se asemeja a una culebra y hay barreras ordenadoras de filas, de aquellas típicas de los bancos. Allí sólo queda cruzarse de brazos y mirar desafiante a todas las personas, porque las tienes por todos lados!, ya no sólo adelante y atrás, si no a donde quiera que se mire.
En la pantalla de un televisor hay una sopa de letras, no me explico su función, pero casi todos la miramos intentando llenarla. Qué estúpida, es para "entretenernos", una especie de juguete para desviar la impaciencia. Es una sopa de letras pequeña supremamente bizarra, en la lista de palabras se lee: salud, enlace, medicina, próstata, DOLOR. Se me ha revuelto el estómago y pasa por él aquella planta rodante. 
Vuelvo a tocarle el trasero al tipo por perder la proporción de los pasos, pensará que me ha deslumbrado y no pierdo oportunidad. Me hace gracia. Los rostros de las mujeres que reparten los fichos pueden distinguirse, su uniforme, su excesivo rubor, qué barbaridad. Avanzamos, estoy frente a una de las mujeres: "...solicitud de un estado de cuenta", "sala de trámites operativos, bien pueda siga".
No canto victoria aún, falta una fila más... vuelvo al círculo vicioso de cruzar los brazos, dar pasos torpes y  tocar traseros a otros prisioneros de sistemas de salud insuficientes.